Historia
El último café
A nosotros nos faltó el último café.
Hay historias que no terminan cuando dos personas dejan de verse. A veces simplemente se quedan suspendidas en algún lugar de la memoria, esperando una conversación que nunca ocurrió.
Con los años he entendido que no siempre extrañamos a alguien. A veces extrañamos quiénes éramos cuando esa persona estaba a nuestro lado. La manera de mirar el mundo, de reírnos, de esperar ciertas cosas de la vida.
Y entonces aparecen esos pequeños pendientes que parecen insignificantes, pero que guardan dentro todo lo que no dijimos.
A nosotros nos faltó el último café.
Durante mucho tiempo imaginé aquella mesa.
Dos tazas frente a frente.
Alguien de un lado.
Yo del otro.
Imaginé las primeras palabras, los silencios incómodos, las preguntas que probablemente no nos atreveríamos a hacer. Pensé muchas veces qué diría si algún día la vida, por una de esas casualidades que parecen escritas por alguien más, volviera a sentarnos en el mismo lugar.
No sé qué habríamos hablado.
No sé si habría cambiado algo.
Tal vez solamente habría servido para despedirnos como nunca supimos hacerlo.
La vida siguió, como tenía que seguir.
Y durante mucho tiempo pensé que ésa era la deuda que tenía con el pasado.
Hasta que una noche entendí algo que me costó muchos años comprender:
quizá ese café nunca fue con aquella persona.
Quizá era conmigo.
Con esa versión de mí que dejé sentada en alguna parte del camino mientras me ocupaba de convertirme en todo lo que los demás necesitaban de mí.
Quien cuida.
Quien acompaña.
Quien provee.
Quien resuelve.
Quien paga.
Quien aguanta.
Quien encuentra la manera.
Quien dice que no pasa nada aunque sí pase.
No sé exactamente cuándo ocurrió.
No nos abandonamos de golpe.
No existe una mañana en la que te despiertas y decides dejar de pertenecerte.
Sucede lentamente.
Un día renuncias a algo pequeño.
Otro día dices que no importa.
Después pospones algo que querías.
Más tarde aprendes que resulta más sencillo ceder que discutir.
Y cuando quieres darte cuenta, has construido una vida en la que todos tienen un lugar menos tú.
Entonces comienzas a fantasear con escapar.
No necesariamente con otra vida.
Ni siquiera con otro amor.
Sólo con un lugar donde descansar.
Una puerta que puedas cerrar.
Una habitación donde nadie esté esperando nada de ti.
Una conversación que no tengas que medir.
Un sitio al que llegar cuando tu propia casa dejó de sentirse como destino.
Y ahí aparece la tentación de pensar que lo que necesitas es otra persona.
Alguien que escuche.
Que pregunte cómo estás y espere de verdad la respuesta.
Que se alegre cuando llegues.
Que no convierta cada gesto en una deuda ni cada equivocación en una batalla.
Alguien junto a quien puedas bajar los brazos un rato.
Pero quizá tampoco se trata de esa persona.
De alguien que todavía no existe.
Como quizá nunca se trató del todo de quien quedó atrás.
Tal vez llevo demasiado tiempo buscando afuera algo que no sé cómo encontrar dentro.
A veces en el pasado.
A veces en un futuro que imagino cuando el presente se vuelve demasiado difícil.
Y yo sigo quedando en medio.
Esperando.
Siempre esperando.
A que alguien me devuelva las ganas.
A que alguien me recuerde quién era.
A que alguien me dé permiso de volver a querer cosas para mí.
Tal vez por eso el último café sigue pendiente.
Porque todavía no he aprendido a sentarme frente a esa taza sin necesitar que alguien ocupe la otra silla.
A mirarme sin tener que cuidar de nadie por unos minutos.
Sin ser pareja.
Sin ser responsable de nadie.
Sin pensar en las cuentas, en la casa, en lo que falta, en lo que necesitan, en lo que esperan de mí.
Solamente yo.
Y preguntarme algo que durante mucho tiempo me pareció egoísta:
—¿Tú qué quieres?
No qué puedes.
No qué debes.
No qué necesitan los demás.
¿Qué quieres?
Quizá no sabría responder.
Tal vez ésa sea la parte más triste.
He pasado tanto tiempo tratando de que a nadie le falte nada que un día descubrí que no sabía decir qué me faltaba a mí.
Y quizá por eso sigo mirando hacia atrás.
Porque esa versión de mí que alguna vez fui sí lo sabía.
No tenía todo resuelto.
Seguramente se equivocaba mucho más.
Pero tenía sueños que eran suyos.
Tenía lugares a los que quería ir.
Tenía cosas que deseaba hacer simplemente porque le hacían feliz.
Y algunas noches pienso que cuando digo que extraño aquella época, cuando digo que extraño a alguien de mi pasado, en realidad estoy intentando encontrar esa versión de mí.
A mí.
Por eso ahora entiendo que si alguna vez llega ese café, quizá la silla de enfrente esté vacía.
Y estará bien.
Pediré dos tazas de todos modos.
Una para quien soy hoy.
Otra para quien fui dejando atrás.
Nos debemos una conversación.
Tengo muchas cosas que reclamarle.
Y muchas más por las que pedirle perdón.
Pero sobre todo quiero preguntarle si todavía estamos a tiempo.
Si debajo de todo lo que vino después queda algo de nosotros.
Si todavía podemos recuperar aunque sea una parte de aquella manera de mirar la vida.
Tal vez entonces entienda finalmente que no necesitaba regresar al pasado.
Ni encontrar a otra persona.
Ni esperar un golpe de suerte que viniera a rescatarme.
Tal vez solamente necesitaba volver por mí.
Y cuando termine ese café, si todavía queda tiempo, pagaré la cuenta y saldré.
No sé hacia dónde.
Pero esta vez quisiera que el lugar al que vaya sea un lugar que también haya elegido yo.
